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lunes, 30 de marzo de 2015

Ser cristiano es una odisea en 34 países de mayoría musulmana

Ser cristiano es una odisea en 34 países de mayoría musulmana
Imagen publicada en Twitter por los yihadistas
de Estado Islámico en el norte de Irak

ABC | La persecución de las minorías religiosas creció en el último año en todos los regímenes islamistas de corte fundamentalista y en los totalitarios de carácter laico, hermanados por el mismo síndrome; el miedo a la libertad.


El último informe de la Ong internacional «Open Doors» (Puertas Abiertas) señala que la persecución de las minorías cristianas sigue al alza en Oriente Próximo, y en varias regiones de Asia y África. En algunos casos la violencia procede del régimen autoritario que –como sucede en Corea del Norte y en China– hostiga, encarcela y, cuando lo considera oportuno, controla la práctica religiosa o intenta manipularla a su medida.

En la mayor parte de los países afectados, la hostilidad y la violencia proceden de grupos violentos inspirados por fanatismo religioso, como se observa en los movimientos yihadistas Estado Islámico (EI), Al Qaida y Boko Haram. En el ranking de 2015 de «Open Doors», 34 de los 50 países donde se registra persecución religiosa corresponden a países de mayoría de población musulmana. Colombia y Méxicoaparecen en el informe de «Open Doors» por los ataques esporádicos de milicias y narcos a comunidades plurales cristianas.

La agresión no llega solo de los grupos radicales organizados. Existe también una atmósfera de intimidación y agresividad en muchos ambientes sociales musulmanes, que identifican su precariedad económica con un supuesto «neocolonialismo occidental», y miran con odio al vecino cristiano con frecuencia mucho más indigente.

Es el caso patético de Pakistán. Pero en Egipto, la hostilidad social tiene un sentido distinto. En el imaginario de algunos musulmanes egipcios, el cristiano copto es el empresario acomodado, que goza de una fortuna de origen sospechoso. La decapitación de 21 trabajadores coptos en Libia a manos de yihadistas leales a Estado Islámico, el pasado mes de febrero, mostró la cara real del país: los crisianos egipcios emigran por razones económicas como el resto de sus conciudadanos.

La vida sigue igual

La indiferencia –que visten de impotencia– con que las autoridades de Pakistán responden a atentados terroristas, como los de este mes contra iglesias cristianas, refleja el chantaje que imponen los partidos ultrarreligiosos musulmanes, y más aún la cultura general de un país acostumbrado a tratar a los no mahometanos como ciudadanos de segunda.

En el barrio de Lahore de Youhanabad, donde fueron martirizados decenas de católicos hace dos semanas, la vida sigue igual en el gueto cristiano. Cuando sus decenas de miles de católicos salen de él tienen las mismas dificultades para encontrar trabajo por no ser musulmanes; si trabajan, tendrán una cantina aparte para no contaminar a sus compañeros mahometanos; si la empresa tiene dificultades, serán los primeros en irse a la calle. Sus hijas, mientras tanto, se verán a diario tildadas de prostitutas, también por otras chicas, por no utilizar el velo por la calle.

Son solo algunas de las discriminaciones cotidianas que padece la minoría cristiana de Pakistán, católica y protestante, que constituye el 2 por ciento de sus 180 millones de habitantes. La afrenta más publicitada en el exterior es, también, la más lacerante: la llamada «ley de la blasfemia», que permite a tres musulmanes ponerse de acuerdo para encerrar en la cárcel o condenar a muerte a un cristiano si le acusan de haber insultado a Mahoma o al Corán. El caso de Asia Bibi—la cristiana paquistaní a punto de ser ejecutada tras beber de la misma tinaja que sus vecinas musulmanas— se ha convertido en un símbolo del martirio diario.

El Gobierno de Islamabad puso el grito en el cielo cuando el semanario francés «Charlie Hebdo» publicó caricaturas de Mahoma: pero se encerró en el silencio cuando la redacción fue asesinada por yihadistas, o cuando los terroristas kamikazes atacaron este mes a los cristianos de Lahore.

Luz y taquígrafos

La persecución de minorías cristianas es silenciosa en la mayoría de los países gobernados por regímenes inspirados por la Sharía, la ley islámica. La luz y los taquígrafos se concentran hoy en Irak y en Siria, donde los yihadistas de Estado Islámico llevan a cabo una gradual y publicitada campaña de exterminio, tanto de la vieja población cristiana como de sus iglesias y símbolos.

¿Cuántos cristianos de rito en arameo –la lengua materna de Jesús– quedan en Irak? Cuando cayó Sadam Husein, en 2003, se calculaba que el país tenía alrededor de un millón de cristianos. Hoy se desconoce la cifra, pero se sabe que todas las poblaciones cristianas en el norte, en la amplia región que hoy ocupa el «califato terrorista», la huida ha sido masiva. En sus declaraciones a ABC el pasado mes de diciembre, el arzobispo católico-caldeo de Mosul, monseñor Amel Nona, denunció que al menos 120.000 cristianos habían abandonando sus hogares y huido hacia el Kurdistán. Miles están a la espera de que Europa y Estados Unidos les concedan visados para emigrar. Decenas de iglesias han sido destruidas por los yihadistas, y abundan los relatos de testigos sobre torturas y extorsiones para que –quienes hayan decido quedarse– se conviertan al islam o paguen el impuesto especial de vasallaje.


Derecho a defenderse

La situación de acoso y exterminio de cristianos en Irak y en Siria ha motivado una insólita iniciativa diplomática del Vaticano en favor del uso de la fuerza para proteger a los creyentes. El pasado 13 de marzo, el representante vaticano ante la ONU en Ginebra, el arzobispo Silvano Tomasi, pidió la formación de una fuerza internacional «para parar esta especie de genocidio»,

«Quieren imponer la Sharía y los cristianos aquí estorbamos», relató por su parte a ABC el misionero español en Pakistán Miguel Angel Ruíz Spínola, al tratar de explicarse las razones del odio de los terroristas hacia los fieles de otras religiones.

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